Para Mia,
amiga a la distancia...
Esperaba con ansias acabar el secundario, sentía que un sinfín de cosas estaban esperando y que no podía esperar más por descubrirlas.
Más que eso tenía la certeza de que por fin iba a encajar y dejar de ser la rara, siempre fui la rara, la callada, la tímida, la inteligente, la traga libros, la que no les gustaba salir, la niña buena, la santa, la tonta, etc.
Es por eso que no titubeé y no se me escapó ninguna lágrima ni en la ceremonia de graduación, ni en la fiesta. Para mí el fin era solo el principio.
Dejé atrás todo ese mundo del cuál quería escapar y esperé entre ansiosa y nerviosa las nuevas aventuras.
Me corté el cabello para dejar de ser una niña y entrar desesperadamente a ese mundo en el cuál encajaría, en el cual estaba segura que pertenecía.
A pesar de pensar y sentir todo esto tenía miedo, tenía miedo de equivocarme, de no encontrar aquello que buscaba, de no encajar nuevamente y de convertirme de nuevo en nada. En alguien más del montón, en alguien que no vale la pena conocer y que pronto pasaría al olvido.
Fui avanzando de a poco, surcando nuevos caminos, recorriendo nuevos lugares y haciéndome de a poco alguien más independiente, un poco más abierta y tratando de dejar atrás todo aquello que alguna vez me había lastimado: las risas burlonas, las miradas jamás encontradas y los besos nunca dado.
Porque ahora era mi momento, no sé si el mejor de todos, pero si era un universo nuevo lleno de oportunidades infinitas.
Era yo y el destino.
Pero poco a poco me fui dando cuenta de todo, de lo que era la realidad y de quien era yo.
Siempre había rehuido de mi pasado como si fuera algo siniestro y atormentado.
Nunca había encajado, no me importaba encajar y me deje acobardar y humillar.
Fui una idiota.
Porque ahora me resultaba todo tan normal, tan complementario, tan estúpido y sin sentido.
No era el espacio lo que debía modificarse, era yo, pura y exclusivamente yo.
No eran mis amigos, no era el lugar, era yo.
Sí, ellos no me lo habían puesto fácil.
Porque siempre es más fácil señalar la paja ajena.
Porque es más fácil burlarse del otro, que aceptar que está bueno ser diferente.
Lástima que uno a veces se da cuenta demasiado tarde, o no... porque... ¿quién dice que es tarde?
Como dicen por ahí algunos... "Nunca es tarde cuando la dicha es buena".
Y esta bueno darse cuenta.
Darse cuenta que uno es como es, que lo diferente es hermoso, que siempre existieron locos que pensaron diferentes, que me importa un comino lo que pensabas o pensás ahora, subir al escenario siendo protagonistas de nuestra propia vida.
¡Que es genial romper con el molde!
Que la vida es dura pero que vale la pena pelearla y no darnos por vencidos.
Que la muerte es parte de la vida y a pesar del dolor no hay nada que podamos hacer contra ella, más que vivir.
Que el amor existe aunque todavía no halla tocado nuestros corazones.
Que lo que hoy no es, mañana quizás sí y entonces ¿para qué afligirnos?
Que los amigos es el mejor regalo que nos da la vida y que si los cuento con los dedos de las manos puedo estar más que satisfecha.
Que a pesar de no tener la vida de los otros, la mía vale y no hay nadie que pueda desprestigiarla.
Esta bueno darse cuenta...
De que me quiero, de que te quiero y que daría no sabes cuanto para sea verdad.
El corazón se abre, los labios sonríen, la frente está en alto... ¿y qué más pedir?
Más que eso tenía la certeza de que por fin iba a encajar y dejar de ser la rara, siempre fui la rara, la callada, la tímida, la inteligente, la traga libros, la que no les gustaba salir, la niña buena, la santa, la tonta, etc.
Es por eso que no titubeé y no se me escapó ninguna lágrima ni en la ceremonia de graduación, ni en la fiesta. Para mí el fin era solo el principio.
Dejé atrás todo ese mundo del cuál quería escapar y esperé entre ansiosa y nerviosa las nuevas aventuras.
Me corté el cabello para dejar de ser una niña y entrar desesperadamente a ese mundo en el cuál encajaría, en el cual estaba segura que pertenecía.
A pesar de pensar y sentir todo esto tenía miedo, tenía miedo de equivocarme, de no encontrar aquello que buscaba, de no encajar nuevamente y de convertirme de nuevo en nada. En alguien más del montón, en alguien que no vale la pena conocer y que pronto pasaría al olvido.
Fui avanzando de a poco, surcando nuevos caminos, recorriendo nuevos lugares y haciéndome de a poco alguien más independiente, un poco más abierta y tratando de dejar atrás todo aquello que alguna vez me había lastimado: las risas burlonas, las miradas jamás encontradas y los besos nunca dado.
Porque ahora era mi momento, no sé si el mejor de todos, pero si era un universo nuevo lleno de oportunidades infinitas.
Era yo y el destino.
Pero poco a poco me fui dando cuenta de todo, de lo que era la realidad y de quien era yo.
Siempre había rehuido de mi pasado como si fuera algo siniestro y atormentado.
Nunca había encajado, no me importaba encajar y me deje acobardar y humillar.
Fui una idiota.
Porque ahora me resultaba todo tan normal, tan complementario, tan estúpido y sin sentido.
No era el espacio lo que debía modificarse, era yo, pura y exclusivamente yo.
No eran mis amigos, no era el lugar, era yo.
Sí, ellos no me lo habían puesto fácil.
Porque siempre es más fácil señalar la paja ajena.
Porque es más fácil burlarse del otro, que aceptar que está bueno ser diferente.
Lástima que uno a veces se da cuenta demasiado tarde, o no... porque... ¿quién dice que es tarde?
Como dicen por ahí algunos... "Nunca es tarde cuando la dicha es buena".
Y esta bueno darse cuenta.
Darse cuenta que uno es como es, que lo diferente es hermoso, que siempre existieron locos que pensaron diferentes, que me importa un comino lo que pensabas o pensás ahora, subir al escenario siendo protagonistas de nuestra propia vida.
¡Que es genial romper con el molde!
Que la vida es dura pero que vale la pena pelearla y no darnos por vencidos.
Que la muerte es parte de la vida y a pesar del dolor no hay nada que podamos hacer contra ella, más que vivir.
Que el amor existe aunque todavía no halla tocado nuestros corazones.
Que lo que hoy no es, mañana quizás sí y entonces ¿para qué afligirnos?
Que los amigos es el mejor regalo que nos da la vida y que si los cuento con los dedos de las manos puedo estar más que satisfecha.
Que a pesar de no tener la vida de los otros, la mía vale y no hay nadie que pueda desprestigiarla.
Esta bueno darse cuenta...
De que me quiero, de que te quiero y que daría no sabes cuanto para sea verdad.
El corazón se abre, los labios sonríen, la frente está en alto... ¿y qué más pedir?

Pues de momento creo que lo tienes absolutamente todo. Sé muy feliz, lo importante es darse cuenta y saber donde estamos para atrevernos a vivir con todas las consecuencias.
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