
Muchas veces me he escondido en vano detrás de esa máscara que suelo mostrar al mundo cuando no quiero revelarme, cuando no quiero exponerme... a veces porque no me siento lo suficientemente cómoda para hacerlo... a veces simplemente porque temo que me lastimen...
¿Cuántas veces ya derrame inútilmente lágrimas por lo no vivido, por lo no sentido?
Y sin embargo, ahí está esa armadura de hierro ya oxidada, sin nada más que ofrecer porque todo lo que escondí, todo aquello de lo que me "protegió" no existe, o quizás si existe pero ya no lo necesito, porque a duros golpes crecí y cambie, para bien o para mal.
A pesar de todo ahí está... inmutable, inamovible y con toda la disposición del mundo para quedarse y aferrarse a esos pequeños momentos de incertidumbre y debilidad cuando mi razón cede a ese enmarañado mundo oscuro que tiene todas las batallas fantasmales para luchar en contra de ese monstruo que es el miedo que nos petrifica.
Me calzo los auriculares y pongo la música a todo lo que da para desaparecer esos espectros molestos que revolotean en mi cabeza como las moscas del verano; y empiezo a andar, a correr, a volar, a luchar con esas armas que fui construyendo.
Si bien ya no necesito tanto esa armadura ya oxidada, no puedo tampoco desecharla porque es parte de mí, fue parte de mí y es necesaria mantenerla aunque sea en desuso para no olvidar todo lo que viví, para recordarme que hay batallas que se pelean en vano y que es mejor poner mis fuerzas en lo que sí vale la pena.
Mi armadura oxidada está ahí, siempre firme y despuesta a actuar... depende de mí procurar no quedar atrapada bajo su encanto de falsa protección...
¿Cuántas veces ya derrame inútilmente lágrimas por lo no vivido, por lo no sentido?
Y sin embargo, ahí está esa armadura de hierro ya oxidada, sin nada más que ofrecer porque todo lo que escondí, todo aquello de lo que me "protegió" no existe, o quizás si existe pero ya no lo necesito, porque a duros golpes crecí y cambie, para bien o para mal.
A pesar de todo ahí está... inmutable, inamovible y con toda la disposición del mundo para quedarse y aferrarse a esos pequeños momentos de incertidumbre y debilidad cuando mi razón cede a ese enmarañado mundo oscuro que tiene todas las batallas fantasmales para luchar en contra de ese monstruo que es el miedo que nos petrifica.
Me calzo los auriculares y pongo la música a todo lo que da para desaparecer esos espectros molestos que revolotean en mi cabeza como las moscas del verano; y empiezo a andar, a correr, a volar, a luchar con esas armas que fui construyendo.
Si bien ya no necesito tanto esa armadura ya oxidada, no puedo tampoco desecharla porque es parte de mí, fue parte de mí y es necesaria mantenerla aunque sea en desuso para no olvidar todo lo que viví, para recordarme que hay batallas que se pelean en vano y que es mejor poner mis fuerzas en lo que sí vale la pena.
Mi armadura oxidada está ahí, siempre firme y despuesta a actuar... depende de mí procurar no quedar atrapada bajo su encanto de falsa protección...

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