Debo decir que ya estamos en una relación bien cómoda. No me molesta en lo absoluto, después de todo soy una solitaria empedernida.
No entiendo a esas personas que le temen.
Creo que confunden el sentirse solos con el estar solos.
Debo admitir, una gran contradicción en vida, que estoy seguro que a muchos le pasa, la verdad, la pura y única verdad, solo me siento sola cuando estoy invadida de gente. Sí, lo sé, dije que era una gran contrariedad.
Me siento sola, miserable… aunque halla un sinfín de personas con las que pueda hablar. Me hallo allí, como si nada estuviera allí en sí. Flotando en la nada.
Y es ahí, cuando ese sentimiento punzante aparece en mi pecho, en mi estómago, en mi respiración, en mi mente.
Lo inunda todo. Sin dejar nada por alto.
Es ahí, cuando la tristeza, la culpa y los arrepentimientos me desgarran.
Tiran todo abajo. Me destruye y me deja sin aliento, deseando una vez más estar en otro lado o simplemente no existir.
Es como si me traspasara ¿saben? Como que todo me atravesara y sin dejar rastro. Sin tocarme verdaderamente.
Soy una solitaria, ¡sí! Me gusta estar sola, más no sentirme sola.
Tampoco soy una ermitaña, encerrada en cuatro paredes que no ve la luz del sol. No para nada ese tipo de solitaria, soy alguien que de vez en cuando, mejor dicho, que aunque sea por unos instantes al día necesita estar sola con sus pensamientos, sintiendo todo lo que la rodea.
Soy una solitaria. Estoy acostumbrada a la soledad, aunque a veces me hiera cuando salga al mundo exterior o mejor dicho cuando el mundo exterior me penetra hasta la espina; haciéndome ver todo aquello que quiero, que no tengo y que me cuesta admitir que necesito y añoro.

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